jueves 11 de febrero de 2010

“Hoy es mañana”

La historia de Felipe Tratesofa transcurre en un inexplicable y fantástico mundo bipartito: uno, adherido al pasado y otro, al futuro. El primero se sitúa en los años oscuros de la última dictadura militar (1976), mientras que en el segundo, el personaje principal viaja a nuestro presente.


22 de noviembre de 1976

Felipe es un joven de 25 años, un metro setenta y cuatro de estatura, pelo enrulado tipo afro-americano; viste siempre pantalones anchos (patas de elefante/Oxford), zapatillas Flecha, camisa ancha y cinto con hebilla. Milita en la Juventud Peronista, Unidad Básica del Barrio Villa Elvira, Ciudad de La Plata; estudia Filosofía y Letras en la U.N.L.P (Universidad Nacional de La Plata) y conduce una cupe Chevy modelo ’70.
Su cuarto tiene una cama de una plaza y en la pared del costado izquierdo de la cabecera cuelga un poster de Pescado Rabioso; del otro costado, un poema de Oliverio Girondo recita sus versos entre las fotos del Che y Led Zeppelín. Se dirige al baño para cepillarse los dientes, recula, vuelve a vestirse y, sin desayunar, aborda su coche con destino a la facultad de Humanidades ubicada en 48 e/ 6 y 7.
Al término de la clase de Filosofía Moderna – en la que suele debatir sobre “Imperialismo”,
discurso metafórico de por medio, por miedo a algún buchón infiltrado – conduce su auto hacia la unidad básica de la “JP”. Allí, intenta organizar estrategias para salvaguardar a algunos de sus compañeros que integran las llamadas listas negras.
Finalizada la reunión, se dirige a una disquería ubicada en 7 y 50. Mientras camina, sonríe y piensa en comprarse el magazine “El jardín de los Presentes” de Invisible. Baja los escalones hacia el subsuelo, levanta sus Ray Van y divisa las persianas del local bajas; el entusiasmo por la compra se tradujo en decepción en sólo cuestión de segundos.
Vuelve al automóvil y pone Artaud de Pescado Rabioso en el pasamagazine. Al encender el motor de la Chevy, todo comenzó a tambalearse como si hubiera metamorfoseado en un lavarropa: UFFFSFSFSFSFFSSFSFSFSFS, luces de diferentes colores comienzan a invadir el interior del auto al compás de Cantata de Puentes Amarillos del Flaco Spinetta.
En un santiamén, el zamarreo cesa, Felipe desciende del auto y acude a verificar el motivo de la sacudida, levanta el capó del auto y encuentra todo en perfecto estado. No deja de pensar en lo acontecido, vuelve al auto y emprende su regreso a la Unidad Básica.
Una vez dentro del automóvil, tardó sólo segundos en percatarse que algo inexplicable pasaba en su derredor. La gente vestía diferente, los autos también (aunque alcanzó a ver una Chevy muy colorida semejante a la suya), puso primera en medio de la Avenida 7 y comenzó un recorrido en otra dimensión, un mundo totalmente disímil. Había cruzado treinta años y no era consciente, debía averiguar de qué se trataba todo aquello que maravillaba y asustaba a sus ojos, y que los alejaba de su realidad.
Al llegar a Plaza Rocha se detuvo, el espejismo no alteraba su reconocimiento visual, transitaba asiduamente por este espacio verde y todo estaba casi igual, lo estético lo mareaba. Con el cuerpo pesándole el doble, bajó del auto, caminó unos pasos y en la vereda, unos pibes con una vestimenta irreconocible le vociferaron: “¿De dónde saliste, retro?”, se trataba de un grupo de cinco chicos alternativos (tres varones y dos mujeres), con pantalones anchos estilo guerrilleros los pibes y polleras negras y medias de colores a rallas, las chicas. Casi todos usaban piercings que colgaban de las orejas, cejas, boca y lengua. Felipe, simplemente, se asustó y comenzó a partirse la cabeza intentando descifrar si se trataba de caníbales que habían salido de alguna película de terror de los ’60, o si bien eran niños adultos que animaban fiestas clandestinas
Luego del encuentro con los chicos caníbales, corrió y corrió en su móvil; agotado, se apoyó en el auto, su corazón galopaba demasiado, aquella mínima percepción extraña y ajena a su mundo lo había abatido emocionalmente.
De manera apresurada, puso en marcha el auto, dobló por la 60 en dirección hacia 12, una calle muy transitada y comercial. Los semáforos lo detenían en todas las esquinas mostrándole azares de aquel mundo nuevo que no le pertenecía; retenía personas ajenas a su percepción que desfilaban sobre veredas aceleradas vociferando en aparatos parecidos a walquie tolkies.
Al principio no entendía nada, pero observando por el retrovisor, pudo junar unas piernas irresistibles y cayó poseído, no sólo por las lapas de ensueño, sino también por aquel artefacto que la gente llevaba a la oreja en todo momento.
Sin rodeos, apuró la marcha y se dirigió a su casa. Pudo distinguir una catedral con cúpulas. Al arribar a la intersección de 12 y 46, buscó su casa, y su hogar se había transformado en un edificio de diez pisos. No encontraba explicación a toda aquella anomalía ¡Su locura era extrema!
Colérico, dio vuelta por 46 hacia 13, de ahí hasta 49 y 6. En la cuadra siguiente hizo lo mismo hacia la izquierda por 48, allí estaba el edificio de Humanidades; subió los escalones de la facultad en sentido a su clase de Filosofía Moderna de las 12 del mediodía. En el salón de clases no se encontraban ni sus compañeros ni el Señor Rio Tatacontes, el profesor titular de la cátedra. Negando todo lo que divisaba, bajó como el correcaminos y salió por la izquierda perfilando el auto hacia 7 al fondo. Cuando alcanzó el camino de circunvalación, decidido, dirigió la Chevy a la Unidad Básica de la JP en Villa Elvira.
Estacionó justo en la puerta. El edificio permanecía intacto, nada era extraño, lo que le hacía pensar que todo podía tratarse de un sueño.
En la Unidad Básica, la inscripción “JP en letras negras” era la misma; sin embargo, las letras devolvían un color deteriorado. Ingresó y buscó a sus compañeros. En el lugar se encontraban varias personas, casi todas de 50 años para arriba, menos cuatro jóvenes que escuchaban atentamente a un hombre de unos 65 años que predicaba. Felipe no conocía a nadie en escena y, de todas formas, se animó a preguntar por Gustavo Rondiele Canapi, su entrañable amigo de militancia. Aquella pregunta enmudeció a los hombres mayores, la sala se heló y el hombre de los 65 años se dirigió a Felipe tomándolo de la mano fuertemente y lo condujo a la cocina. Su pregunta había quebrantado el lugar. El hombre mayor, Fernando Samcanun, le sentenció quién era él y qué quería con aquella pregunta tan fuera de lugar. Felipe nunca respondió; seguía sin entender e insistía con ver a su amigo.
Con los ojos irritados, el viejo Fernando volvió a arremeter con la segunda pregunta ¿Quién sos vos para preguntar por Gustavo? La respuesta de Tratesofa fue sencilla: “el mejor amigo”. Con desaire, Fernando exclamó: “¿Pertenecés a la resaca de los milicos, hijo de puta?”. Felipe se petrificó y dio a conocer su nombre y apellido. Fernando comenzó a debilitarse. Con las defensas por el piso, alcanzó a Tatresofa, lo golpeó y lo expulsó de la unidad exponiendo que era un farsante, que Felipe había desaparecido un día como aquel, pero treinta años atrás.
Desorientado e iracundo, Felipe comenzó a correr hacia la calle. Los que se encontraban dentro de la unidad lo siguieron hasta la vereda. Fernando, secándose las lágrimas y haciendo una caracterización retrospectiva, alcanzó a reconocer al joven Felipe. En la discusión que ambos habían mantenido en la cocina de la unidad, Fernando no había mencionado su nombre, tampoco Felipe se lo había preguntado. Al encender Felipe el motor de la Chevy, su viejo y olvidadizo amigo Fernando lo reconoce a lo lejos. Efectivamente se trataba de Felipe, aquel compañero que había desaparecido hacía treinta años.
Como una pizza a la piedra cuando se quema completamente, el corazón de Fernando se partía en medio de un ataque mortal.

Al borde de una letal desesperación, el joven estudiante de filosofía condujo al centro de la ciudad, al medio de una manifestación que lo detuvo.
Un tumulto de personas se encontraba cortando la calle; se trataba de un escrache anti-imperialista frente a un local de Mc Donald. En medio de la concentración, desciende del coche y se acerca a un activista para preguntarle cuál era el motivo del corte. Ricardo Fesá de Dope, el activista, quedó asombrado por la pregunta y le contestó “ ¿En qué mundo vivís loco?”. Felipe insistió en que le contase el motivo de aquel repudio. La escena se mezclaba entre banderas estadounidenses que se incendiaban, caretas de algún personaje alusivo que portaban algunos y un sinnúmero de pibes con bombos y platillos coreando a la voz de “¡fuera de Argentina yanquis... no a la deuda!”.
Ricardo, sin titubear, comenzó a resumirle históricamente los motivos por lo cual se encontraban allí frente aquel local. Felipe insistía en saber quién era ese hombre poderoso o empresa que correspondía al nombre de Mc Donald. Ricardo, pensando que sólo se trataba de un pobre hombre que necesitaba charla, comenzó a analizar los últimos 30 años del país, destacando las postrimerías de la dictadura militar de Videla, la vuelta a la democracia con Alfonsín y como frutillita del postre, el desmantelamiento del Estado en la década del ’90, con las privatizaciones del sector público y el acceso a la marginación de casi el 50 % del pueblo argentino. Al finalizar el resumen, Felipe comenzó a llorar sin cesar. Corrió hasta su vehículo, otra vez, y se dirigió a las afueras de la ciudad. Como un escapista al estilo Hudini, cruzó los límites urbanos y se introdujo en la autopista La Plata- Buenos Aires.
A la altura del peaje Hudson observó que todos paraban para hablar con un hombrecito, que se encontraba dentro de una casilla pequeña color gris. Sin saber de qué se trataba el diálogo entre el hombrecito de la casilla y los automovilistas, dirigió el auto hasta el lugar. Bajó su ventanilla y saludó atentamente. La voz del hombrecito le dijo: “tres pesos”. Felipe, desorientado respondió: “No entiendo señor”. El hombrecito volvió a insistir: “$3”, me tiene que pagar para seguir viaje”. Sin comprender, Felipe sacó del bolsillo del pantalón cinco pesos ley, moneda vigente en su 1976. El hombrecito del peaje comenzó a reír sin parar y alcanzó a balbucear atragantado en su carcajada: “¿me estás tomando el pelo flaco? Estos billetes tienen más de treinta años, no me jodas”. Sin importarle, el joven Tratesofa aceleró y derribó la barrera, conduciendo a más de 140 km/h. El hombrecito del cubículo gris, que no tiene nada que ver con Natalio Ruíz, el del sombrero gris, dio aviso a la policía sobre el hecho.
A pocos kilómetros de Hudson, viró a la derecha y lo tentó un descampado. Sin comprender en donde se encontraba, descendió de la Chevy, pero antes le dio volumen al tema que en ese momento sonaba desde el pasamagazine. Resultaba ser el mismo que había escuchado al principio del día (Cantata de Puentes Amarillos) camino a la disquería y cuando el auto empezó a zamarrearse. No era una coincidencia. El tema sonaba en ambos momentos por algo. No era casual, era causal; todo tenía un por qué. Mientras sonaba la estrofa: “te amo ya / y ya es mañana /mañana /mañana...”, supo comprender realmente que se encontraba en otra época. Y que su tiempo, había quedado quién sabe dónde.
Todo aquello lo enloquecía. El presente irreal, no le pertenecía; en él había demasiadas anomalías e injusticias que no estaba preparado para enfrentar.
Bajó del auto cantando aquella estrofa delatora, se acercó nuevamente al auto, abrió la guantera y sacó el revolver calibre 38 que llevaba consigo a todos lados; porque en los setenta todos los militantes andaban calzados por cualquier encontronazo con los milicos.
En tierra, y en el medio de la inmensa nada, prendió un imparcial, aquellos largos cigarrillos negros, y se voló la tapa de los sesos.

Fin

1 comentarios:

sos bienvenido dijo...

Nooooooooooooooooooooooooooooooo el tratesofa!!!!!! jajajajjajaja abrazoooo amigo te espero el 25!