Sábado postclásico de Avellaneda, 1-0 a favor de Independiente
Escuché el partido como puede desde mi radiotransistor, el mismo aparato que había desarmado una hora antes del puntapié inicial. La carcasa plástica, se encontraba amalgamada de cables color cobre; solo se escuchaba un leve sonido a lluvia shhhhhhhhhhhhh, tenía que acercar mi oído para percibir algún pequeñísimo comentario que me guiara a desentrañar la información.
¡GOOOOLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL!
Mensaje en el teléfono
¡GOOOOLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL lluvioso en la radio!
Desenfundando toda la bronca por tener que estar allí, informándome de la peor manera posible,
golpeé con toda mi fuerza las butacas del stock del depósito.
17:45 hs.
La energía había mutado. El interruptor de la mala onda se había derretido en un segundo y todavía quedaban tres horas para volver a casa.
20:20 hs.
Estoy en el estribo del 68, vuelvo a mi morada, allá me esperan.
Once, cartel electrónico, andén número dos… ya saleeeeeeeeeeeee
Furgón, dulce furgón, estación Caballito: sube una fracción de la hinchada de Blanquiceleste S.A. con pura cólera en sus rostros, miradas y acciones por la derrota. Y yo, atiborrado de alegría por el penal de Gandín ¿Qué iba a hacer, gritarles con furia en sus caras? NOOOOOOOOOOOO, JAMÁS; mejor disfruté como se cagaban a trompadas, elevando el acto a la categoría mayor de las traiciones.
lunes 15 de marzo de 2010
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