Alrededor de los jóvenes años ochenta, comenzaba a delinearse un nuevo escenario del rock. Aparecían en escena Juan C. Baglieto, Fito Páez, Los Violadores, Virus, Sumo y los Twist, entre otros. Luego del desembarco en las Islas Malvinas, el 2 de abril, el gobierno militar prohibió difundir música en inglés. El acto de censura rumbeó fructífero para el rock argento, dando pie al surgimiento de un renovado movimiento social: lo que conocemos hoy como "Rock Nacional". En 1982 comienzan también a organizarse festivales como el de “La solidaridad latinoamericana”, destinado a homenajear a los soldados que luchaban en las islas. El aire que se respiraba, comenzaba a alejar el horror de la dictadura, y las gargantas que coreaban más fuerte que nunca... “se va a acabar la dictadura militar".

La juventud comienza a procurar nuevos espacios donde juntarse, expresar y compartir sus mismas frustraciones, como así también las agotadas posibilidades de protagonismo. El sociólogo Andrés Thompson, refiriéndose al rock nacional analiza: “los recitales simbolizaban para los jóvenes una isla de paz, un reducto donde, a lo largo de dos horas, la música podía adquirir cierta omnipotencia como para hacer olvidar los problemas externos, amalgamando al público en una ceremonia de comunión y solidaridad”.
La revista "Pan Caliente", también en homenaje a los soldados de Malvinas, realizó un recital del que participaron diferentes bandas, entre ellas Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Subidos a una cuestión de principios que siempre respetaron a rajatabla-tocar ‘solos y de noche-, el Indio Solari obligó a Skay Beillinson a tomar el micrófono. El número no sólo despertó el goce de los oídos presentes sino que también sedujo el costado más cruento de los milicos, estado que fue alcanzado luego que una bailarina arribara al escenario semidesnuda con atuendo militar. A los ojos de los uniformados, que se encontraban custodiando el festival, el hecho significó una ofensa hacia lo institucionalizado; no se trataba de una denuncia a través de la metáfora, resultaba ser explicitada. La situación llevó a que el grupo de control vociferara contra la banda: “o bajan ustedes, o subimos nosotros”. El rock abría un nuevo capítulo.
La derrota en Malvinas significó el fin inminente del gobierno militar. A medida que la represión se “desvanecía”, la sociedad se agrupaba para aclamar por la “libertad”. Los Violadores, banda liderada por Piltrafa, se animaban a entonar “represión a la vuelta de tu casa, represión en el kiosco de la esquina, represión en la panadería, represión 24 horas al día”. Músicos y bandas como Almendra y Manal reaparecían y los exiliados regresaban para hacerse sentir.
El 10 de diciembre de 1983 volvía la “democracia” y con ella, el rock se instalaba en La Esquina del Sol, el Stud Free Pub,el Café Einstein y el Zero Bar, donde tocaban bandas como Sumo, Violadores, Soda Stereo y los Twist.

El público comienza a sentirse cada vez más lejos de aquellos años de clandestinidad y represión, pero el rótulo democrático no impediría que la fuerza represiva siga su curso impunemente. En recitales del Paracultural o Palladium, la historia negra reaparecía con los interrogatorios, las detenciones, las golpizas y los traslados a calabozos. Jorge Boimvaser, periodista y escritor explica cómo era acudir a un recital- mediados de los ochenta- de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: “mucha gente iba a los recitales en busca de algún tipo de identidad musical que había en los setenta, mucha gente como yo (30 años por aquel entonces); iba a Cemento o al Café Einstein para encontrar alguna expresión musical en la cual pudiera descargar e identificar el inconformismo que uno seguía teniendo y a la vez, disfrutar del arte por el arte mismo. O sea, no buscar siempre las metáforas detrás de la música”. Boimvaser se refiere a que los jóvenes iban en busca del mensaje directo.

A partir de la llegada de la "democracia", se creyó que el rock se liberaría por completo, y “nunca más” sufriría la persecución y la censura. Si en los ’70 el actor represivo fue la mano dura de los militares, en los ‘80 y ’90, toma la posta la fuerza policial. Ocho años de democracia entre comillas, bastaron para demostrarle al rock y a su público, que la libertad de expresión y la capacidad de disfrutar de un recital entre amigos, era una careta. Volvían aquellos aires densos, abriendo otra página de horror en Argentina. El 19 de abril de 1991, Walter Bulacio, de 17 años, era detenido por la policía en las adyacencias de un recital de los Redondos (a partir de los '90 el público suprime el Patricio Rey y sus redonditos de ricota, identificándose con "Los Redondos"). Fue trasladado a una comisaría en la que fue golpeado y, finalmente, derivado al hospital Pirovano de la Capital Federal, en el que falleció una semana después, transformándose en el primer muerto del rock nacional ¿De qué democracia estamos hablando entonces?

A lo largo de los’90, el rock pudo rescatar cierto nivel contestatario de los años ‘70, con jóvenes unidos a organismos de derechos humanos como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, cantando y rechazando la represión policial y el gatillo fácil; como también a partir de anécdotas en el aguantadero y la esquina de barrio, sumergidos en el aguante (codigo de las tribus rockeras de los '90 y el nuevo milenio). Ciertos periodistas reconocidos en el ambiente del rock actual, piensan que el rock que se fomenta en los ’90, corresponde a un movimiento naif identificado con figuras como el Che Guevara mercantilizado.

Los códigos y experiencias que llevaban a cabo los jóvenes rockeros de los ’70, se reconfiguran en los ‘90 con otros nombres. Ya no son los encuentros clandestinos para escuchar discos en un winco del garage de algún amigo del barrio; ya no se trata de comunicarse bajo la seña del boca en boca; los ‘90, lejos de la libertad de expresión, se perfiló bajo la sombra corrupta de un gobierno como el del ex presidente Carlos Menem. Dicho proceso, arrojó hechos que alimentan al rock para que retome el espíritu contestatario. En 1991, se impulsa una serie de indultos a ex represores que habían sido juzgados en 1985 en el juicio a la junta militar. El descreimiento político y el libre albedrío de la corrupción, esbozan en los ’90, un nuevo escenario al que el joven rockero, le dedica canto y melodía.
2 minutos, banda punk rock de Valentín Alsina, cantaba en el año 1994 “ya no sos igual, sos un vigilante de la federal / Vos sos buchón de la policía federal”. Otra de sus canciones, describía su barrio en medio de la miseria que había significado la crisis post Malvinas y el resquebrajamiento social de los noventa: “nosotros venimos del sur de la ciudad / un barrio de leyenda tango y arrabal / nosotros venimos de un barrio, de un barrio industrial / tenemos algunos bares con sus típicos borrachos / y algunas linyeras pidiendo algo que morfar / barrio obrero Valentín Alsina”. La descripción, funciona como denuncia contra la gran crisis que atravesó el país. luego del período hiperinflacionario de Alfonsín y la privatización del sector público que implementó Menem.
El rock debe seguir buscando opciones y estrategias para lograr sentirse libre. De esta manera, podrá seguir revelando lo que sucede día a día.
Mientras la metáfora sigue insistiendo a través de los inmortales Spinetta y Charly García, La Renga y Los Piojos son las nuevas bandas rockeras de la revolución musical de los ’90 y el actual escenario de masas. La década del ’90, fue el escenario propicio para que una banda como Los Redondos sea la receptora de un público antipolicía y anti institucional, creando de esta manera un nuevo “nosotros”. Los seguidores de los Ratones Paranoicos primero, y luego los de Viejas Locas, inauguran el rock rollinga (adheridos a la estética de los Rolling Stones de los '60, identificación única en el mundo pero con connotaciones sociales y culturales diferentes), con sus flequillos, pantalones gastados y códigos barriales, en el suburbio; estos, a su vez, proyectan, sin saberlo, un legado a los jóvenes del presente.
Bandas masivas y un mensaje
En esta isla de artistas, navegan los ex Jóvenes pordioseros, La 25 e Intoxicados, sin olvidarnos de otras como El Otro Yo, Catupecu Machu, Las Manos de Fillippi y Massacre, por solo nombrar algunas, que aportan a una nueva construcción tanto en lo musical como en lo contextual de sus palabras.
A lo largo de cuatro décadas, el público parece ser el mismo. Hoy también los jóvenes son reprimidos, “por el triunfo de la tecnología”, expondrán algunos…lo único que cambia con el paso del tiempo es la tecnología, el hombre no… siempre es el mismo; otros opinarán que nos encontramos bajo una opresión que se instala cada vez más en las capas que se erigen fervientes… ¡sobre una especie de contracultura quizá!
Siguen sin saldarse las viejas cuentas de los censurados, de los exiliados, de los que hoy son discriminados por pertenecer a nuevas subculturas del rock como las tribus rollingas, neopunk, skapunk, alternativos, regueros o hiphoperos.

Los ideales siguen intactos, la creación aún más. Y para remitirme a este ejemplo, debo traer a un rockero 100 %... el Pity. Muchos lo tildarán de drogón perdido, alucinado del sistema… y tienen razón, ¡gracias a ello, un artista vive!, de la locura que genera la urbe, de la desigualdad, de la clandestinidad, de la opresión de sí mismo (las crisis que se presumen esporádicas, “pegan mal y anuncian poco”). Me estoy refiriendo al señor Alvarez, gran juglar de monoblocks. El que sabe como se manejan todos en el barrio, el que tiene la posta, el que sabe describir a lo gonzo el verdadero espíritu rockero desde el cotidiano.

Aunque repriman al rock, el rock nunca desaparecerá

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