Habían pasado 30 minutos de la medianoche del 17 de octubre de 2009. Si bien podría hacerse alusión a la fiesta popular de 1945 (día en que la clase obrera obtuvo por primera vez su verdadero lugar en la historia Argentina, luego que se congregaran en plaza de mayo para pedir la liberación de Juan Domingo Perón y agradecerle por la posibilidad de aspirar a una vida mejor), este relato va por otro lado.
El semblante de Tuco, un pelirrojo ambulante, volvía a acomodarse de a poco.
¿Qué había ocurrido?
El Tuco estaba mudo, loco, pálido, estupefacto, sucio, alucinado, odioso.
Alrededor de las 00hs., se había topado con un tipo menudo de unos 55 años, morocho, dientudo (sin un par de sus piezas dentales), de no más de un metro sesenta y cinco de estatura. El quía se encontraba a mitad de cuadra entre las calles 57 y 2 de la ciudad de La Plata, sobre el capó de un taxi Fiat Duna junto a otro flaco, narigueteando y saboreando una cerveza.
Estaba Tuco respirando un poco del aire que desprendían los poros de árboles añejos, cuando se cruzó con estos personajes. Sólo una mirada y nada más. Entró al reducto en el que estaban tocando unas bandas y se dirigió a la barra para ordenar un vaso de cebada trasnochada. Al virar hacia donde se encontraban unos amigos y otros ocasionales trashumantes, aquellas miradas que se entrecruzaron en la acera, se transformaron en palabras, teniendo en cuenta que el tachero colifa esbozó:
-¡Eh pibe, qué buena fiesta!
-Sí, la verdad que sí, le contestó Tuco.
-Es un ambiente sano, con pibes que se emborrachan y nada más, no andan haciendo quilombo, ni subvirtiendo el orden.
El “subvirtiendo el orden” había dejado helado al pelirrojo. No eran palabras de un tachero cocainómano, totalmente roto y mal parado a su edad. Había algo más…
-¿Cómo es eso de subvertir el orden?
-Claro pibe, te voy a confesar algo- le balbuceaba entre una baba filosa que le chorreba la chomba gris que llevaba puesta y un aroma mezcla a cigarro negro, cerveza y merca de la mala- “Yo soy el Perro, así me decían en los setenta cuando tenía que ir a apretar a los subversivos”
El cuerpo de Tuco temblaba, comenzaba a debilitarse, empero, abrió la puerta hacia la dimensión de su fuerza interior subversiva para seguir escuchando el relato aberrante de aquel hijo de p… que le hablaba de lo bien que la estaba pasando en un ambiente sano y, a su vez, le escupía con total impunidad su pasado sin condena.
-Te cuento… Mirá, yo estaba en el portaviones 25 de Mayo (hoy chatarra) en la Base Naval Puerto Belgrano-dislate proporcionado para el interlocutor, o provocación infrahumana- cuando me mandaban a rastrillar o reventar un par de casas ¿Sabés quién es Aztíz? Él estaba casi siempre a mi cargo y una noche nos mandó a realizar unos trabajitos.
En el primer hogar que nos metimos, se encontraba una madre y sus cinco chiquitos. Fue ahí cuando le dije al ángel blanco que no lo podía hacer, que no podía lastimar, menos matar a esa familia. “Dale cagón, tirá”, me dijo. Sin hacerle caso, y exponiendo que al que debíamos chupar (que era el padre de esos chicos) no se encontraba en el lugar, bajé el fal y me puso la nueve en la cien. Sin pensarlo, tomé el fal y se lo coloqué rápidamente en la garganta y le susurré al oído “no voy a matar a nadie, venimos a buscar al malo y acá no está”
Al principio de la charla, el Tuco pensaba que todo se trataba de un mal sueño, o bien, de un colifa que se había piantado de Melchor Romero y le gustaba improvisar historias o algo por el estilo; pero la conversación fue subiendo de tono. La bronca, ira, impotencia, la adrenalina al palo, comenzaron a debilitarle el cuerpo. Sólo lo auditivo de la escena seguía en pie. Su presión estaba por el piso, el semblante también.
-¡Dejé a mi compañero solo che!
Tuco sólo asentía con su cabeza, mientras las tripas le chillaban, la mente se le retorcía y evitaba, al mismo tiempo, acercarse a la parrilla del lugar y extraer un cuchillo o el tridente de los chorizos e incrustárselo en medio del corazón delator, porque al final, él había desentrañado la identidad reprimida de aquel personaje siniestro.
-Te dejo pibe… Ah, ¡Si nosotros volviéramos jajajajajaja! Salud
Tuco se acomodó junto a un cantero del que asomaban unas plantas extrañas, casi exóticas. Pálido, derrotado, sacó de su bolso un cuaderno y un lápiz, de esos que el tiempo demuestra que son fieles y están para acompañar siempre, y salió corriendo hacia la vereda. Una vez en la acera,-siguiendo sigilosamente su mirada para todos los costados por si alguien lo pudiera observar- se acercó al taxi, aquel Fiat Duna negro y anotó la patente DVI 460.
viernes 14 de enero de 2011
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1 comentarios:
Carna! paso a dejarte un abrazo. Gran post este, siga escribiendo que yo sigo leyendo.
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